jueves, 29 de junio de 2017

UNA HISTORIA DE ESPAÑA EN EL DESVÁN

O algo ha dejado de funcionar en mi mente longeva o este país nuestro ha abandonado la historia común y sus orígenes al capricho de algunas cocorotas mal informadas «o maliciosamente deliberadas» sin que yo me haya enterado.

Hay hechos históricos que en otras mentes, sin duda más preclaras que la mía, parece que excluyen ladinamente tan valiosa información o sus años de estudiantes en las épocas pretéritas y desatinadas de la LOGSE, y otras leyes semejantes, no llegaron a añadirse a su saber.
Recuerdo mi enciclopedia HSR y las cosas que en ella se contaban cuando aún no me sombreaba el bigotillo de adolescente. Y me explico. En aquel voluminoso y único texto de consulta estaba reunido y suministrado, en dosis razonables, todo el saber necesario para bandearse cultural y laboralmente como persona ilustrada y con futuro. Aquellos saberes le configuraban a uno como ciudadano apto para acceder a un trabajo o continuar estudios superiores, para relacionarse socialmente con éxito, para manejar las cuatro reglas, el sistema métrico decimal o calcular los intereses de una humilde libreta de ahorros con soltura y, de paso, explorar otros conocimientos de la historia, la ciencia, la naturaleza o, todo hay que decirlo, saber de donde venimos y adonde vamos.
De manera que repaso con nostalgia aquellas gloriosas informaciones de nuestros más remotos antepasados, «iberos y celtas» que, según decía el libro, unos y otros sólo se unían para defenderse de un peligro común. El resto del tiempo, las tribus de ambos, que ocupaban espacios repartidos en la piel extendida de toro, se pasaban el tiempo matándose entre sí, sin duda para estar entrenados en futuras contiendas de acoso invasor.
Después vinieron fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos, suevos, vándalos y alanos. Incluso había una retahíla de treinta y tres reyes godos que nunca conseguí memorizar completamente. Sólo recuerdo que el primero se llamaba Ataulfo y el último don Rodrigo. A este postrero monarca le cayó el baldón de nuestro desprecio infantil por perder vergonzosamente la batalla del río Guadalete. Con ello se consumó la entrada de los árabes en la península que, como es sabido permanecieron ocho siglos con nosotros. Eso sabiendo como sé ahora que, «según los historiadores árabes» los contendientes fueron de 12 000 a 14 000 visigodos frente a 10 000 árabes. O sea, que, según algunos expertos en historia hispana y a pesar de ser los nuestros más numerosos y aguerridos, los segundos vencieron por goleada incluso después de las expulsiones por juego sucio. Incluso hay investigadores que aseguran que los generales de don Rodrigo fueron, además, víctimas de una vergonzosa traición.
También debió de influir el desastre porque parece que en tiempos de don Rodrigo, las cosas en política debían de ir tan disparatadas como lo están ahora por parte de insolidarios y necios y con la ayuda añadida de expertos en traiciones. Acaso fuera por razones de corrupción del traidor o traidores, que reclamaban lo de si el tesoro de Guarrazar es mío y te vas a acordar o cosa parecida de botines y condados felonamente hurtados, que era lo que se llevaba. Y, claro, vino el desastre. ¡Para todos, incluidos los traidores!
A partir de ese momento, entre la retirada camino de Covadonga de los primeros y repantingados sobre almohadones los segundos, mientras diseñaban barbaridades contra los cristianos, pasaron ocho siglos entre razzías y rapiñas en los campos contrarios. Hasta que una reina, castellana por más señas, le dijo al marido «esto se acabó» y, ambos decidieron pedirle las llaves de Granada a Boabdil, que las entregó sumiso en el año 1492, después de que el hombre recibiera una azotaina de su madre.
Luego han pasado muchas cosas más en el repaso histórico que, según parece se han ignorado a partir de la entrada en vigor de algunas leyes de supuesto progreso educativo hace algunas décadas. Con estas, se decidió que cada mochuelo a su olivo y que la historia con la geografía se iba a estudiar por fascículos, regiones y nacionalidades. Por eso, entiendo que uno de nuestros políticos más bisoños, seguramente víctima de aquellas leyes, no sepa cómo vinieron los moros y para qué. Y le aconsejo que se lea un relato magnífico, escrito en forma de novela histórica por uno de mis ex alumnos más brillantes.
Y a poco que el interesado arañe las solapas de esta magnífica novela histórica, descubrirá que vinieron en «guerra santa» para catequizar a los hispanos infieles. Y aunque hubo ocasiones —muy cicateras por cierto— en que perdonaban la vida a quien «demostrara» haber dejado de ser infiel para convertirse en musulmán, —especialmente si era artesano habilidoso—, lo cierto es que su afición por la daga y el puñal iba mucho más allá de altruismos religiosos. No, no estaban por hacer encuestas para ver quien levantaba el brazo y se borraba de cristiano para convertirse en musulmán, porque sus preferencias por masacrar, destrozar bosques y cosechas, destruir haciendas y poblados y, por —este orden— encadenar niños y mujeres con destino a los harenes y esclavizarlos en las labores más inmundas y vejatorias, eran prioridades incuestionables.
A todo esto, hay que añadir, como era por otro lado habitual en todas aquellas guerras, la carga de botines y tesoros, previa destrucción sistemática de alquerías, templos, abadías, castillos, fortalezas, ciudades, aldeas, aunque ello significara demorar en exceso el retorno a sus bases de operaciones. Incluso arrebañar ganados y animales domésticos de todo tipo: gallinas, conejos, cabras, bestias de labor y tiro, alimentos, armas, herramientas y, para completar sus victorias, añadir a la punta de sus lanzas las cabezas de los vencidos.
«Piden al yihadismo que "al menos sea laico" ¿¿¿???»

lunes, 26 de junio de 2017

BRICOLAJE EN EL CARRIL BICI


Un Boy Scout en el carril bici

Esta mañana me he convertido en boy scout, para llevar a cabo una tarea por la que se acredita a estos chicos de ambos sexos como ejemplos sociales de ayuda a los demás.

Lo cierto es que, con las recias lluvias y los vientos de los últimos días, es inevitable que algunas ramas se desprendan de los árboles próximos,  y caigan sobre el carril con riesgo de respingo ciclista, especialmente si uno va pendiente de los «smarthphones» y sus «whatsapps» —como, con alarma, observo a menudo, porque, incluso hay quien deja el manillar abandonado a su albedrío, mientras las manos atienden a los arrumacos telefónicos—.

Sin embargo, el asunto de hoy —y pasadas varias jornadas sin solución—, un tramo del carril estaba cubierto peligrosamente de cristalitos, que me han hecho pensar en el riesgo múltiple de su presencia, por este orden: para las cubiertas de las bicis y scooters ortopédicos, los carritos de bebés, los y las atletas camino del record de los cinco mil, los chicos y chicas de los patines y las tablas, los niños que aún titubean con sus pocos metros de experiencia ciclista y, finalmente de mis amigos los canes que vuelan en busca de la pelota sin mirar en donde plantan sus pezuñas. 

Que ¿dónde está el Boy Scout? Pues pensando en un remedio inmediato y eficaz para añadir la limpieza de carriles bici a su lista de obras buenas. Y no es fácil porque el más inmediato, aunque arriesgado, es utilizar los dedos para tan peligroso menester, porque lejos de ser eficaz, tampoco es como para un servidor al que le gusta rasgar la guitarra que, como es sabido, se hace con los dedos indemnes.

Se decía en mis tiempos aquello del hombre previsor que vale por dos. Y yo llevo una bolsa repleta de chismes para casos de emergencia mecánica, e incluso una brújula para no perderme en mis correrías ciclistas. En cuanto a recursos materiales, siempre llevo un rollo de cinta aislante y aquí es donde se me ha encendido la bombilla; con sendas tiras de este material colocadas sobre los cristalitos por el lado del engomado, la cosa puede resultar eficaz, como así ha sido, hasta con los trozos más menudos. 

Incluyo muestra gráfica del proceso.




Sin embargo, siempre existe el riesgo de cometer alguna torpeza imprevista, especialmente en tiempos de ira mal contenida como lo son ahora; y mi error ha sido, aunque evidente e inevitable, invadir el carril salpicado de vidrios y con ello alertar a la reprimenda contenida de un ciclista airado al que yo estorbaba en su «legítimo pedalear»

Pero la cosa ha discurrido por cauces  serenos y comprensivos cuando ha comprobado en que consistía mi obra buena de Boy Scout. Cuando ha descubierto que no se me habían caído monedas, llaves o cosa parecida, con mirada perpleja, comprensiva y alentadora, ha retirado el rosario de improperios que ya me tenía destinados y los ha trasladado a quién tiró los vidrios y escurrió el bulto. Ya se sabe, algún que otro exabrupto de tamaño  XXXL salido de su ira intransigente.

jueves, 15 de junio de 2017

TRECE Y MARTES




13 y martes

Hoy la bicicleta y yo nos hemos caído "al alirón". Tampoco se alarme nadie porque esta caída, además de compartida, ha sido una broma —eso sí, comedida—, del subconsciente. Y como siempre hay un porqué por el que comienza un lance vital, voy a explicar el mío.
La contemplación admirada de un perro jubiloso, de estampa armoniosa y mirada alegre, no se si es, en mi caso, un signo de debilidad o una estimulante alternativa al desencanto. Lo cierto es que me producen una sensación de placidez y encanto las acrobacias y carreras de estos cánidos, capaces de las más espectaculares cabriolas y de la más atractiva y sumisa de las respuestas cuando se les somete a la muestra de sus habilidades, aprendidas pacientemente de sus dueños. Nada que ver con la alocada carrera en busca de nuestras pantorrillas cuando los perros de mi infancia ante nuestra presencia, pedaleando o corriendo, eran siempre un mal sueño temido y rechazado.
Sin embargo, a estas alturas en situación de  «jubilado ocioso», estoy viviendo los más fascinantes y hermosos valores de este amigo incondicional del hombre, a través de múltiples presentaciones en videos o secuencias diarias en vivo. Y mis reacciones han cambiado para bien y, de qué modo; porque, sujetos o no a la correa, los canes retozando alegres sobre las márgenes verdes paralelas al carril bici que frecuento, son para mí el mayor deleite.
Hoy ha sido una perrita «carea castellana»; de atractiva presencia, negra, de pelo rizado, carreras y saltos incansables y mirada vivaz la que me ha encandilado desde la distancia. A medida que me aproximaba a sus jugueteos en la hierba, mi ojo imprudente ha seguido sus devaneos y, el cerebro, ajeno a mi insistencia en perseguirla con la mirada, me ha aproximado en exceso a los bordes del carril y, malamente superado, la bicicleta y yo hemos aterrizado sobre el césped.
Arrastrarme sobre el suelo siempre ha sido una disposición que he puesto al servicio de mis nietos, pero enderezar mi figura ha sido y es harina de otro costal. Y como sigo pensando que la bondad y la solidaridad son  parejas y abundantes, de inmediato han acudido amo y can para confirmarlo y echarme una mano; el muchacho, amable, solícito y consolador me ha enderezado la humanidad, la dignidad y la bicicleta; porque su mirada consoladora ha querido ir más allá de su ayuda física y me ha asegurado que tampoco él se ha librado de algún percance semejante en bicicleta. Y el perro, con la cabeza ladeada y sentado ante mí sobre las patas y porque así lo he querido interpretar en su mirada compasiva, me ha preguntado por el resultado de mi estropicio. —No me ha pasado nada, le han contestado mis ojos. Si acaso, la destreza herida.
Mil gracias para dos amigos desconocidos que me han proporcionado, una vez más, el rescate de la confianza en ambas especies.
Se me olvidaba; hoy es martes y trece. Espero que el lance no haya tenido nada que ver con supersticiones ni veleidades de horóscopo, porque en mi casa siempre hubo un gato negro azabache y, aunque salvando sus diferencias de talante con los canes, siempre fuimos muy buenos amigos.
De manera que por muchos martes que aparezcan colgados de un 13 en el calendario, si el vigor y los años me lo permiten nunca dejaré de pedalear por el carril, Especialmente sabiendo que siempre habrá algún perro con quien disfrutar. 


2017, junio, martes y 13

egs






 Para conocer más sobre este magnífico perro pastor, pinchar en este enlace:
http://www.perrocareacastellano.com/caracteristicas-1/caracter/

viernes, 9 de junio de 2017

ECOS DE BARDULIA


AUCA 
(Villafranca Montes de Oca)
"…Auca no era sino una pequeña y pujante urbe apiñada en lo alto de un estratégico macizo rocoso que dominaba el desfiladero abierto por el río llamado Vesica, cuyas aguas abrazaban el robusto promontorio pétreo por dos de sus lados. Apoyada sobre las estribaciones norteñas de los montes Distercios, escondida entre bosques y bien protegida por los cerros circundantes, se alzaba sobre un valle estrecho rodeado de densos hayedos y robledales antes de abrirse a los campos despejados que miraban a la extensa campiña de la Burovia, controlando desde antiguo el paso de todo aquel que se internara en el corazón de la sierra.
Frente al primitivo castro autrigón situado al otro lado del desfiladero, los romanos habían fundado varios siglos atrás la ciudad a la que habían dado el nombre de Auca Patricia. Al abrigo de la urbe fronteriza comenzaron a establecerse numerosas granjas, alquerías y un importante entramado administrativo, religioso y militar, que romanos y godos habían utilizado como punto neurálgico desde donde poder controlar la ancestral insumisión de los levantiscos clanes vascones y cántabros, tradicionalmente en continua y abierta rebeldía.
Abierta al llano y a la montaña, Auca ofrecía un amplio dominio visual sobre los antiguos caminos romanos que confluían cerca de la ciudad: la calzada que, hacia el Oeste, se dirigía por Cerasio al encuentro de la gran Vía Aquitana que discurría por el valle del río Ibero, camino de Cesaraugusta, y la que llegaba por el norte desde Verviesca, internándose en la sierra hacia Lara y Clunia por el paso natural abierto en el río Vesica, único camino franco para adentraras en aquella espesura impenetrable.
El tortuoso recorrido a través del barranco —apenas una senda excavada en la roca que tan solo permitía el paso de asnos y personas—, y las crecidas invernales que lo convertían en un paso impracticable, hacían preferible ascender hasta la mole caliza y atravesar la ciudad para acceder al otro lado del valle. Auca trataba de recuperar el esplendor vivido antes de la invasión musulmana del año 711. Durante aquel ya lejano tiempo de tribulación, la ciudad se había convertido en una de tantas plazas ocupadas por los contingentes bereberes que conformaban la línea defensiva establecida por el poder musulmán para vigilar a los cristianos refugiados tras las montañas cantábricas.
Muchos habían huido hacia los montes, quedando la ciudad escasamente habitada por aquellos pocos que prefirieron someterse mediante el pago de tributos, como la yicia y la jaray, y la firma de pactos que garantizaban seguir practicando su religión y sus costumbres cristianas. Abandonada décadas más tarde por los bereberes a causa de sus conflictos con la aristocracia árabe, Auca había sufrido un nuevo revés durante las campañas de Alfonso el Cántabro. Después de desmantelar ciudades como Veleia, Mave, Amaia, Mirandam o Revendeca, el rey astur entró en Auca sin resistencia un día plomizo de otoño. Como había hecho ya en el resto de plazas, eliminó cualquier rastro musulmán y se llevó con él a los hombres más eminentes y a las gentes más reputadas y cultas. Desalojó la diócesis aucense sin contemplar ningún escrúpulo religioso e «invitó» a marcharse al obispo Valentín y a muchos de sus abades, dejando abandonada a su suerte a los que no quisieron acompañarle, en general gentes pobres e incultas.
Aquellos hombres que iban con él, diestros en las labores del campo, con sus aperos y animales de labranza, repoblarían los territorios más cercanos a su reino como Trasmiera, Primorias, Liébana, Sopuerta y Carranza. Auca había quedado desde entonces sumida en el abandono, ignorada en mitad de una tierra de frontera y a merced de las incursiones de cualquiera de los dos bandos, alejada de la capital del reino astur y de las preocupaciones de unos soberanos ocultos tras las cumbres de la gran cordillera cantábrica, más interesados en mantener unas relaciones pacíficas con el emir omeya de Córduba, Abd al-Rahman al-Dahlil.
La ciudad parecía condenada a un olvido definitivo. Pero, como si fuera rescatada por un designio divino, un puñado de monjes mozárabes huidos del sur, encabezados por su impetuoso abad Fredoario, la habían hecho resurgir milagrosamente de sus cenizas. Llevados por el latido de su fe y el fuego de su devoción, trayendo consigo sus preciados códices y tomando aquellas tierras, aquellos bosques y aquellas ruinas en el nombre de Dios comenzaron a levantar viejas ermitas, a arar la tierra y a reunir ganado en torno a la antigua urbe.
La noticia de su asentamiento, la atracción de Auca como vieja capital de la región y la propia personalidad de Fredoario sirvieron como reclamo para que campesinos y pastores bajaran de los montes deseosos de la protección espiritual del abad. A la sombra del monasterio surgieron pequeños asentamientos, cultivos y huertas, comunidades de hombres libres que descendían de las montañas en busca de una tierra fértil aunque siempre amenazada por las imprevisibles incursiones musulmanas. Así, godos desarraigados, antiguos siervos, cristianos huidos del sur y gentes aventureras atraídas por la promesa de una vida mejor llegaron de todas partes, viviéndose un tiempo de bonanza y prosperidad que Fredoario supo aprovechar para impulsar el desarrollo de Auca.
Pronto se multiplicaron las granjas y pequeños poblados alrededor de la ciudad. Se reparaban las viejas murallas. Dueños de rebaños y nobles ganaderos realizaban sus negocios en torno a ella, organizando pequeños grupos armados encargados de la defensa de la región y de sus rebaños. Ahora, en el año 791 del nacimiento de Jesucristo, el tercero del reinado de Bermudo, llamado «el Diácono», Auca era una ciudad en constante crecimiento donde vivían ya algo más de medio millar de personas; una ciudad que prometía recuperar el esplendor y dinamismo de otros tiempos. El paulatino aumento de la población había favorecido el desarrollo de las actividades tradicionales y del pequeño comercio basado en el intercambio de productos, lo cual había atraído a su vez a numerosos vendedores y artesanos, abriéndose nuevos talleres de carpinteros, curtidores, fraguas e incluso posadas y cantinas donde, aunque fuera algo que los monjes no veían con buenos ojos, corría el vino a raudales.
No era extraña tampoco la presencia de mercaderes musulmanes, pues el intercambio de mercancías comenzaba a ser importante. Todo ello hablaba de la 75 prosperidad que Auca había alcanzado durante aquellos años de inesperada paz. Ciertamente, las divisiones internas en el seno del emirato habían facilitado una cierta expansión del naciente reino astur y, desde el Norte, hombres, mujeres, familias enteras, multitud de cristianos habían cruzado la frontera natural marcada por el río Ibero y las sierras meridionales que lo bordeaban, expandiéndose incluso por la desprotegida llanura de la Burovia, levantando nuevas aldeas y reocupando viejos edificios romanos.
De todas partes llegaban hombres libres en busca de un sueño, hombres audaces y de espíritu aventurero que buscaban una nueva vida en libertad, ocupando una tierra fértil y peligrosa en nombre de Cristo y de su rey. Un monarca que, sin embargo, quedaba muy lejano, pues la presencia de la corte asturiana se limitaba a esporádicas escapadas militares a la frontera y a una labor diplomática consistente en mantener la fidelidad de los distintos líderes locales en una región mal comunicada y demasiado alejada de la capital del reino. Por esa razón la frontera se convertía también en la única esperanza para muchos forajidos y desterrados, y por ello, también en un lugar turbulento y violento. Hasta allí llegaban ladrones, vagabundos, fulleros, buscavidas, rameras y gentes de mal vivir, atraídos por el afán de aventura y la búsqueda de botín.
Los montes Distercios se habían ido llenando de hombres fieros y montaraces que campaban a sus anchas fuera de toda ley, viviendo del robo, del saqueo y de la rapiña. En Auca había llegado a crearse una milicia comunal para que pusiera remedio a la iniquidad, la violencia y el pillaje, tratando de impedir que la urbe se convirtiera en un peligroso foco de pendencias, atrayendo a hombres acostumbrados a guerrear ofreciéndoles tierras a cambio de la obligación de defender la ciudad. Aunque eran ellos mismos quienes, tras una mala cosecha, no les quedaba más opción que recurrir al saqueo y al pillaje en las aldeas de los sarracenos para sobrevivir. La situación en la frontera había dado tal giro en los últimos años que la iniciativa la llevaban ahora aquellas bandas armadas de cristianos que actuaban con total impunidad, sin autoridad que las controlara y sin rendir cuentas a nadie.
Amparándose en la sorpresa, en la rapidez y eficacia de sus incursiones, y conscientes del temor que infundían entre los moros, recorrían a caballo la frontera, atacando granjas y caravanas, apoderándose de rebaños, ganados y cosechas, buscando acción allí donde se extendía el último confín cristiano. Era la raya, la marca, el punto de fricción donde todo valía y donde se confrontaban dos maneras diferentes de pensar y de vivir. No faltaban encuentros y escaramuzas, pero las antaño frecuentes algaradas musulmanas eran cada vez menos habituales y rechazadas fácilmente.
Rara vez se atrevían a alejarse de sus fortalezas si no era un grupo numeroso de guerreros bien armados. Eran las armas cristianas las que dominaban ahora las orillas del curso alto del río Ibero. Hacía tiempo que la guarnición mora de Cerasio, establecida para impedir cualquier revuelta y el cobro periódico de tributos, se había retirado, dejando como punta de lanza las fortalezas de Garanun y Ebrellos, situadas algo más al este y bajo el control de los clanes muladíes, principalmente de la familia Banu Qasi. Desde sus atalayas, los musulmanes se conformaban con controlar los espacios abiertos y los montes más cercanos, vigilando cualquier movimiento militar que pudiera afectar a sus tierras e intereses. Eran ya raras las visitas de grupos de guerreros árabes que osaban adentrarse en sus correrías más allá de las primeras estribaciones montañosas, como lo habían hecho…"
ECOS DE BARDULIA - 
(El Brazalete Dorado)





He vivido con intensa emoción el alumbramiento de un hermoso libro al que, durante algunos meses previos al nacimiento, he prestado la mayor atención, conocida la hazaña de su autor. Juan Ramón Moya compartió conmigo el esfuerzo común de su formación escolar  en el Colegio «Apóstol San Pablo» de Burgos del que fue alumno. En este centro, alumno y maestro, dimos vida definitiva al centro recién nacido en el que yo ejercía mi tarea docente.
No tengo el propósito de realizar semblanza alguna de su talante humano ni de las virtudes que le adornan. Porque a su incuestionable virtud de castellano recio y prudente se añaden los valores de la investigación, diseño y relato que muestra con especial maestría en su primera obra escrita y editada. 
Para quienes tenemos el orgullo de haber nacido en estas tierras burgalesas, el relato en forma de novela histórica de Juan Ramón nos pone en contacto con nuestros orígenes castellanos en la época más brutal de la dominación árabe. En ella, la vida de nuestros antepasados estaba sometida permanente a la lucha por la supervivencia y amedrentada por el acoso invasor dispuesto a impedir que ni las margaritas de la primavera crecieran libremente en aquellos campos que, para nosotros, son tierras sagradas.
Tierras y lugares con nombres entrañables que discurren a lo largo de las hermosas páginas del libro y que nos sitúan en nuestros orígenes y condición de herederos de aquellos hombres y mujeres de los que portamos genes y genios.
Sin ser exhaustivo, a continuación figuran algunos especialmente entrañables para quienes tenemos el privilegio de seguir cubiertos por el mismo azul que iluminó sus esperanzas y ensombreció sus desdichas:

—Auca: Antigua ciudad próxima a Villafranca Montes de Oca,
—Bardulia: Nombre con el que se conocía el primitivo territorio que se llamó Castilla;
—Berbeia: Peñas de Berbeia, cerca de Sobrón;
—Burovia: Bureba;
—Campos Góticos: Actual Tierra de Campos;
—Cerasio: Actual Cerezo de Tirón;
—Ebeia: Posible nombre de Ibeas de Juarros;
—Ebrello: Ibrillos;
—Fredas: Frías;
—Garanon: Grañón;
—Hoz de Flavio: Desfiladero del río Purón, en Herrán;
—Lebana: Liébana;
—Meuma; Actual Mioma, cerca de Valpuesta;
—Monte Sagrado: Nombre imaginario de la sierra de Atapuerca;
—Montes Aubarenes: Montes Obarenes;
—Obarto: Castrobarto;
—Pontecurvo: Pancorbo;
—Río Ibero: Uãdi Ibru por los árabes. Río Ebro;
—Río Horone: Río Orón;
—Río Mayor: Nombre imaginario del río Arlanzón;
—Río Turón: Río Orón;
—Río Vesica: Río Oca;
—San Felices: Actuales ruinas del monasterio de San Félix de Oca;
—Torruco: Nombre con el que se conocía el pico San Millán, en la Sierra de la Demanda;
—Tetelia: Castillo de Tedeja, junto a Trespaderne;
—Valle Composita: Valpuesta en los documentos antiguos:
—Valle de Gaubea: Valle de Valdegovía;
—Valle de Tubal: Valle de Tobalina;
—Verviesca: Briviesca
…/….
El propósito del autor es que toda la historia que se desarrolla en forma de novela histórica en torno a uno de los enclaves más relevantes de nuestra provincia burgalesa, como lo fue Auca, esté a disposición de quien desee el acceso al libro puede hacerlo en forma de tapa blanda (libro impreso) o en versión Kindle. Para ello basta acceder a Amazón en su buscador de Internet y, en la casilla correspondiente a libros, escribir el título: Ecos de Bardulia.

-Papelería Mafalda (Av/ Eladio Perlado)
-Librería La Llave (Parque Fdo. de Rojas)
-Librerías Luz y Vida (Laín Calvo)
-Librería Santiago Rodriguez (Plaza Mayor y Alcampo)
-Librería Espolón (Paseo Espolón)
-En Casa Rural "El Cauce", San Medel

En Internet:


domingo, 5 de marzo de 2017

LO QUE ES LA LIMPIEZA



           

He decidido inaugurar esta sección porque la cosa da para mucho. La pasada semana, por ejemplo, me demostró hasta que punto los afanes de pulcritud pueden provocar efectos colaterales imprevisibles. Y estos son los hechos que dan lugar a este aserto:

Mi ruta de aquel día estaba planificada con dirección a Villimar. Hasta allí conduce un magnífico carril-bici para ciclistas conservadores como es mi caso; muchas rectas, pocas curvas y desde luego ningún repecho.

Delante de mí, observo la magnífica estampa de un colega cicloturista, impecablemente vestido ―casco esmaltado, brillante sudadera, malla de campeón y zapatillas gore-tex de corredor avezado―. Sólo una mácula en la bicicleta y es que las llantas de ambas ruedas están cubiertas con muestras polvorientas de pedaladas más rurales. Pero aquí está la solución para nuestro amigo porque junto al carril se extiende el verdor de los setos recién empapados que le invitan a liberar la suciedad de las ruedas.

Abandona el carril e invade el césped. Pedalea parsimonioso pensando que la humedad eliminará el polvo acumulado. Pero el césped clama venganza por semejante intrusión y le esconde bajo la espesa hierba un traidor calvero que rezuma humedad y barro. Ignorante de semejante trama, y después de un breve rodar, nuestro ya alarmado ciclista descubre que, en donde había polvo, ahora hay barro y, peor aún, una pella de origen canino recién descargada se une a la venganza del calvero. Ambas ruedas, entre fangosas y fétidas, presentan ahora un aspecto deplorable y decide recuperar el carril.

Sobre el firme, sacude las ruedas con inusitado ímpetu para liberarlas de la carga, pero apenas consigue su propósito. Y es ahora la cadena la que se resiente de semejante violencia desprendiéndose de la rueda catalina. Ahora nuestro hombre tiene tres enemigos a batir; el barro, las heces del can y la grasa de la cadena en sus manos. No es posible acumular tanta desdicha en tan pocos minutos y después de lanzar algunos exabruptos decide darse por vencido. Monta sobre su máquina para regresar por donde ha venido y, paralelos a su rodar, se unen ladrando dos chuchos minúsculos, quizá atraídos por la estela de los “efluvios” rodantes, dispuestos a completar la más que rebasada exasperación que lleva el muchacho encima.

viernes, 30 de diciembre de 2016

MARTIN Y LA NOCHE DE REYES

El alborozado tropel infantil salía del colegio anunciando, con el bullicio de sus voces clamorosas, la arrolladora alegría que el comienzo de las vacaciones significaba para todos. La mañana, escondida en la espesura de niebla, —inicio invernal de las celebraciones navideñas— había completado la última jornada escolar del trimestre y, con ella, iniciado el comienzo de las numerosas jornadas de fiestas, alegrías y albedrío que estaban dispuestos a disfrutar. Simultáneamente, las voces de los niños de San Ildefonso, al servicio de la siempre caprichosa diosa Fortuna, añadían a la avalancha, su monótona cantinela en las ondas, pregonando alegrías y decepciones.



Llegados a la plaza mayor, sumida entonces en la más absoluta quietud, trocaron su sosiego en algarabía mientras, asomados a los ventanales de cada escaparate, repasaban su lista de regalos demandados a los Reyes Magos, o saboreaban de antemano el abundante almíbar de cada exposición: turrones, mantecados, mazapanes, orejones y otras muchas delicadezas de la repostería local, eran la exquisita promesa para consumir en la nochebuena, al calor de la mesa familiar. Después de comprobar que estaban todas sus peticiones para la noche mágica, cada uno abandonó la reunión para dirigirse a casa e inaugurar en ella los primeros planes de las vacaciones
………………….

Martín no estaba en el tropel. Hacía tiempo que las extremidades de su cuerpo abatido colgaban inertes y sólo el brillo de los ojos, era muestra de una mente resignada a contemplar el paso de los días, desde la inmovilidad de una butaca. Brazos y piernas habían desatendido la sumisión a los impulsos y reflejos de su mente y, las esperanzas encaminados a reducir la progresión de su mal, habían fracasado tristemente. Aún así, cuando todo estaba en su contra y nada hacía esperar progresos de las terapias, la sumisión dio paso al ánimo y quiso aprender, conocer y explorar el universo que le estaba negando lo más preciado de su niñez. Y se renovó en el pequeño el ansia por recuperar sus días de colegio interrumpidos y el afán por llenar su mente de saberes y experiencias. Y quiso reiniciar sus habilidades de estudiante avezado y llenar cada minuto con proyectos de futuro. Todo ello a pesar de que las puertas del vigor, los juegos y el disfrute de los abrazos amigos se habían restringido dolorosamente para él.
Próximo a iniciarse el quinto curso de primaria, la creciente inestabilidad de su cuerpo enfermo, aumentó sus ya alarmantes limitaciones y el atroz desconsuelo hizo mella más profunda, si cabe, en la desconsolada familia. Ya no era posible acompañar a sus amigos de clase en el colegio que, sin embargo, en los comienzos de la enfermedad, había aprendido las primeras letras y números. Los padres, conscientes de las insalvables limitaciones que le impedían acudir con normalidad, decidieron reclamar apoyo para aliviar tanta amargura.
Aquella mañana de septiembre, recién comenzado el curso, pude hablar con la madre dolorida, quien, entre sollozos y lágrimas, solicitaba buscar alguna fórmula con la que atenuar su desdicha. El niño reclamaba seguir aprendiendo y ella suplicaba una atención en el hogar. Así fue como, sin meditarlo un solo instante, decidí convertirme en tutor, compañero y amigo de Martín para, juntos, llevar a cabo la tarea de canalizar sus sueños y revertir la amarga soledad y tristeza en un propósito escolar atractivo y sin barreras.
Pronto descubrí que el niño poseía una mente privilegiada y juntos decidimos seguir el ritmo de sus estudios para acompasar nuestro trabajo con el que sus compañeros de colegio desarrollaban diariamente en el aula; y las disciplinas de aquel nivel desfilaron por el cuarto de estar en el que, pletórico de entusiasmo, me esperaba cada tarde de lunes a viernes. Así fue cómo la fortuna me regaló la más gratificante experiencia vivida en mi quehacer de educador convicto. Y aunque su mirada, siempre afable y expresiva, estimulaba mis inclinaciones a la condescendencia, la ternura y el cariño, en ningún momento me doblegaron el propósito de serle útil con la entereza que él mismo me reclamaba. Su atención e interés inquebrantable; su impresionante esfuerzo para sustituir la limitada respuesta de sus manos por la disciplina de su mente tenaz; sus interpelaciones permanentes y sus afanes por no dejar nada al albur, convirtieron a Martín en el alumno que cualquier maestro desea disfrutar en su diaria tarea educadora como de un regalo providencial.
La Noche de Reyes
Sosegado, en su remanso de quietud, con la mirada vivaz y el ánimo templado, permanecía absorto recorriendo en aquel soberbio atlas, los misteriosos lugares por los que, centenares de años atrás, discurriera el romance más hermoso que jamás vieron los siglos y que había tenido lugar en aquel recóndito Belén de la Cisjordania.

Aquel libro, repleto de espléndidas ilustraciones, incontables relatos sobre conductas humanas, tradiciones exóticas y magníficas fotografías, le había dotado de alas para recorrer los lugares más alejados de nuestro mundo y descubrir los aconteceres, entre pavorosos y admirables, de sus pobladores sobre la Tierra. Quiso ver también el universo con esta ayuda y, cuando terminábamos nuestro trabajo en común y yo me ausentaba con el ánimo entre alentado y abatido, él recorría los parajes repletos de bellezas naturales, hazañas de ingeniería humana o la noche de los tiempos hurgando en el cosmos insondable. Y saboreaba cada página como un turista que recorre absorto los lugares y monumentos arqueológicos de una ciudad atrapada en el devenir de los tiempos.Y, al día siguiente, me informaba del resultado de sus investigaciones como lo haría el más audaz de los exploradores.




De este modo descubrió Belén en tan preciado volumen; sus estrechas callejuelas, sus molinos y tahonas; sus tenadas y rebaños; sus cañadas y veredas; su hábitat entramado por estrechas callejuelas y ajetreado aquellos días con lo insólito de un evento especialmente trascendental. La inmovilidad con que el destino había condenado al cuerpo, trocó su espíritu sedentario en alado viajero para llegar a aquella población Palestina después de un largo camino por las rutas de la geografía y la imaginación.
Cuando llegó el sueño reparador, y ya profundamente dormido, las emociones de aquella tarde, convertidas en realidad, le llevaron de nuevo a la ciudad apostada en las intricadas montañas de Judea. Ahora, por sus estrechas callejuelas, deambulaba el gentío sorteando tenderetes, reatas de camellos y otras acémilas en trasiego permanente, con su carga de corderos, aves, ánforas rebosantes de leche, aceite y vino, cereales, frutas, verduras y toda suerte de enseres con destino el mercado próximo a la plaza. 
Empujado por el gentío, desembocó en un establo junto a los arrabales. Allí, algo importante estaba sucediendo; gentes humildes, portando toda suerte de alimentos y comidas preparadas, se aproximaban al lugar y las depositaban a los pies de un hombre y una mujer que permanecían en actitud solemne. Entre ambos, un pequeño con aspecto de recién nacido, dormitaba sobre unas pajas amorosamente entretejidas encima de un tosco petate.

Martín, perplejo y lleno de emociones, no daba crédito a todo lo que estaba viviendo. Junto al establo, algunos hombres y zagales de mirada limpia, aspecto rudo, y aire pastoril, permanecían arrodillados ante tan relevante presencia, después de haber depositado algunas jarras de miel, leche fresca, hogazas de pan recién hornadas y algún cordero. Había quienes hacían sonar chirimías y panderetas al tiempo que otros seres alados cantaban hermosas frases que hablaban de paz y amor.




De pronto, una comitiva, enjaezada con ricas telas y soberbios aderezos, se aproximaba al porche. Tres varones de semblante esclarecido montaban sobre camellos y, flanqueados por un numeroso séquito de pajes y sirvientes, bajaron de sus monturas para dirigirse al cobertizo. Sus remotos orígenes, su espectacular presencia y aquella estrella, especialmente luminosa e inquieta, que les empujó a aquel destino, convirtieron la escena del portal en un ascua de luz y placidez que conmovió a la multitud allí congregada. Arrodillados y atónitos, cuando pusieron a disposición de los tres moradores, sendos obsequios, propios de tanta grandeza como la que se mostraba en aquel recinto, supieron que, en aquel humilde espacio, deslumbrante de luz, estaba la razón de su afán investigador. Los viejos pergaminos, muestra permanente de sus pesquisas e interpretaciones del Universo, no estaban errados. Sin duda se habían cumplido las escrituras y allí estaba la promesa bíblica repetida a lo largo de los siglos.

En ese momento, las cítaras de los ángeles hicieron sonar sus tonadas y Martín, entusiasmado con el sonido alegre de aquella música, se despertó entusiasmado. Acababa de vivir su Navidad y allí estaba su madre mostrándole los numerosos regalos de Reyes que alfombraban la habitación. Sorprendido ante tanta generosidad, puso los ojos en una llamativa esfera luminosa y fue lo primero que quiso descubrir. Retirado el envoltorio, sus ojos apenas parpadeaban al ver las imágenes mostradas en el interior. Allí estaba reunido todo el encanto de su sueño hecho realidad. Incluso, en un espacio discreto junto al portal, quiso adivinar la que parecía ser su imagen entre el gentío. Aquel misterioso regalo repetía por completo todo lo que la noche le había mostrado mientras soñaba y, por encima de cualquier sospecha de error, aquella silueta, que aparecía erguida y vigorosa junto a la entrada, era la suya y a ella, la mujer dirigía su mirada acariciadora mientras le sonreía con infinita ternura.......... 
Navidad 1.971-1972


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martes, 8 de noviembre de 2016

MEMORIAS DE UN SEXAGENARIO ADOLESCENTE

Fiestas Patronales

"..Con el mes de agosto se iniciaban en la villa los preparativos de las fiestas patronales y entre ellos la construcción de la plaza de toros portátil. Este era un acontecimiento que permitía un largo respiro a los peces y un poco de serenidad a los zarandeados tojos con vocación de piscina. Porque, aunque parezca despropósito, en esta obra participaba la casi totalidad de la chiquillería local que abandonaba sin remilgos cualquier otro quehacer lúdico con tal de meter las narices en el proceso. El señor Protasio, con la principal ayuda de sus hijos, era el encargado de levantar aquellos recintos taurinos. Una vez anclados los pilares de madera que delimitaban el ruedo y colocadas sobre ellos las vigas que sustentarían el entarimado, se iniciaba nuestra más que entusiasta colaboración. Grandes bolsas de cartón repletas de clavos y numerosos martillos de oreja se repartían sobre las superficies ya entarimadas y, una a una, claveteábamos cada tabla sobre las vigas. Luego eran colocados los asientos en ringleras paralelas de gruesos tablones hasta cerrar el anillo y, finalmente, se completaba el cerco exterior para evitar caídas a la calle y, además, abordajes de espectadores remisos a pasar por taquilla. En fin, todo un entramado de maderas que, en años sucesivos, convirtieron las distintas plazas de la villa en flamantes y efímeros cosos taurinos. 

Finalizada nuestra tarea, no era difícil descubrir entre nuestros dedos más de uno ennegrecido mostrando la evidencia indiscutible de algún martillazo poco certero con el clavo. Pero lejos de sentirse humillado por semejante moratón, cada cual lo exhibía como un mérito de su generosa colaboración a la mayor gloria de las fiestas y, con ellas, de los eventos taurinos. Con el coso concluido, llegaban las vaquillas y los novillos-toros, «de la acreditada ganadería de D. Ignacio Encinas de “El Espinar”», y se encerraban en los toriles a la espera de los cruentos espectáculos en la plaza. Ya sabemos cómo llegaban los morlacos hasta allí y los riesgos que más de un intrépido decidió correr, no ya con los peligrosos bovinos, sino con las airadas zapatillas de sus progenitoras. 

La hoguera de San Lorenzo

Pero antes de las fiestas había una celebración a la que se entregaban con entusiasmo los vecinos vinculados a la parroquia de San Lorenzo. 

El día diez de agosto, y a lo largo de toda la jornada, procedían al acopio de leños, tablas, maderas de desecho y otras materias fácilmente combustibles para quemarlas por la noche en una gran hoguera frente al templo. En el momento álgido de la fogata, las llamas ascendían hasta casi rebasar el tejado de la nave de la iglesia y era muy raro ―por no decir inviable― que en este momento ningún valiente se atreviera a saltar sobre ellas como era el propósito de la fiesta. Cuando ya las llamas habían descendido notablemente de nivel, los mozos más templados se arriesgaban a dar el salto y la gente que rodeaba la fogata aplaudía a los esforzados. No recuerdo ningún lance en que peligrara la integridad de los saltadores y sí algún susto cuando alguno no lograba un salto lo suficientemente alejado de las brasas como para salir del todo indemne. Con ello la emoción estaba servida y los gritos de alarma se hacían presentes. Luego, cuando el fuego estaba prácticamente extinguido, aunque con algunos pequeños restos aún humeantes, era el momento de la chiquillería. Saltábamos sobre aquellos humos como si en ello nos fuera la vida y no era raro algún encontronazo de saltadores opuestos que se cruzaban sobre las pavesas apagadas y cayeran en ellas cubriéndose de cenizas y gloria. Porque a partir de este momento todos nosotros lo contábamos como si ambos hubieran caído sobre las erupciones del Vesubio. 

El alumbrado de fiesta

Otra de las tareas en las que yo participaba con entusiasmo ―no en vano pertenecía a la saga eléctrica― era la colocación del alumbrado festero que rodeaba toda la plaza Mayor. Mi padre y hermanos se ocupaban de las tareas más duras de la instalación ―hoyos, postes, cableados y empalmes― y yo colaboraba enroscando las bombillas multicolores. Simultáneamente a esta última tarea, otros chicos y chicas mayores encargados por la Comisión de Festejos llenaban de banderitas, globos y guirnaldas toda la red del alumbrado. A veces con tanto entusiasmo que juntaban los cables eléctricos provocando algún corto circuito y con él un alarmante chispazo seguido de apagón. Mi padre echaba mano de su conocida tosecilla para increpar discretamente conductas y torpezas y con paciencia benedictina recomponía el desaguisado. 

Forasteros

El día catorce era el preludio de los festejos y con él se iniciaba la arribada de los forasteros. A la plaza Mayor llegaban los autobuses repletos de gente endomingada que cada familia recibía con elocuentes muestras de alegría y alborozo. Así, entre abrazos y entusiasmos, se llenaba el lugar de bullicio y algarabía que culminaban con la aparición del último de los autocares procedentes de Burgos. Este aparcaba frente al Ayuntamiento y de él descendía la embajada más esperada por la gente menuda. Era la banda militar que animaría con su música y presencia marcial los pasacalles, las procesiones, los eventos taurinos y las verbenas en la plaza. Desde el primer desfile por las calles de la villa, que se celebraba inmediatamente después de la llegada, nosotros nos convertíamos en su inevitable retaguardia. Tras ellos caminábamos saboreando entusiasmados aquellos sones alegres acompasados de porte y marcialidad. Por delante, y como abriéndose paso por entre las calles recién desperezadas de la canícula, caminaba también el Sr. Ricardo ―el alguacil municipal― lanzando al aire los estruendos de la cohetería que convocaba a la villa al jolgorio y la diversión.

Dianas y pasacalles

Jamás olvidaré los alegres despertares del día de la Virgen al ritmo de las dianas que llenaban mi cuarto de promesas festivas. Asomado a la ventana, con los ojos aún velados por el sueño interrumpido, escuchaba atónito aquella maravilla musical y me prometía no desperdiciar ni un minuto de semejante espectáculo. Vestido con mis mejores galas de fiesta me apresuraba hasta los soportales del Ayuntamiento de la villa y desde allí, unido a mis amigos y con estos a la comitiva oficial, me encaminaba al templo de Santa María para participar en la Misa Solemne. Iniciaba el desfile el alguacil con su uniforme y gorra de gala, un encendedor de larga mecha en ristre y una reducida corte de acólitos mosqueteros prestos a echarle una mano si fuera menester ―que no lo era nunca porque la responsabilidad de aquella artillería solo cabía en manos de la autoridad y la suya era indiscutible―. Detrás desfilaban la Reina de las Fiestas y su Corte de Honor seguidas de los ediles municipales en pleno y presididos por el Alcalde. A continuación marchaba la banda, sin que un solo paso de sus componentes alterara ritmos, sones o marcialidad. Finalmente, cerraba la comitiva el nutrido grupo de incondicionales melómanos entre los que me encontraba yo. 

Misa Mayor y Concierto

La misa era concelebrada por varios sacerdotes uno de los cuales ocupaba la Sagrada Cátedra para glorificar a la Virgen. Solía ser este algún religioso oriundo de la villa, venido para el caso, al que todo el mundo escuchaba atento y orgulloso de su paisanaje. El templo estaba abarrotado y entre el abundante incienso que lo envolvía todo y los sones de la banda interpretando música sagrada y el Himno Nacional pasaba el tiempo volando. Finalizada la ceremonia se celebraba la procesión en honor de la Patrona y, concluida ésta, se repetía el ceremonial del desfile hasta el Ayuntamiento. Aquí tenía lugar una recepción oficial de la Corporación a las autoridades y personas relevantes de la villa. O sea, lo del «vino español», vaya. Entre tanto, el pueblo llano, los forasteros y cada «quisque» nos arremolinábamos en torno de la banda que amenizaba el «vermú» con interpretaciones de fragmentos de zarzuelas famosas y músicas parecidas. Se situaban a la sombra de los soportales de la plaza ―los rigores del sol de agosto y el templete construido sin techumbre así lo aconsejaban― y aunque bailar en estos momentos estaba mal visto, porque no era ni el propósito de los intérpretes ni la intención de los programadores, siempre había más de una pareja que se lanzaba al ruedo y provocaba con ello la discreta censura de los más puristas. Los chicos no perdíamos detalle de todo esto y cuando finalizaba el concierto era ya la hora de la comida en familia. Comida de postín de la que solía participar como víctima el gallo alborotador, cebado con regodeo para este evento. Comíamos y charlábamos alegremente y mi padre mostraba satisfecho las entradas adquiridas en la tienda de calzados de Contreras para acudir a la corrida de toros con mi madre.

Los toros y el baile en la Plaza Mayor

No habíamos llegado a los postres cuando ya se oían los trallazos de los mulilleros exhibiendo por doquier su maña con el látigo. Con él fustigaban a las perplejas bestias de labor más hechas al sereno discurrir sobre las parvas de mieses que a arrastrar morlacos como se veían abocadas al terminar cada faena torera. Azuzadas por los bravos mozos, las resignadas mulas se convertían en un espectáculo añadido a la tarde de toros. Enjaezadas para la ocasión con preciosos adornos y banderas, eran las encargadas de arrastrar a los novillos muertos tras los inciertos lances del ruedo. Nunca fui un ferviente aficionado a la fiesta celtíbera por excelencia, aunque me entusiasmara toda la parafernalia que la rodeaba en el exterior del coso, así que no tengo otra información de los lances en el interior que los relatos puntuales de mis padres. Yo me conformaba con los ires y venires de la banda de San Marcial o la de Ingenieros de Burgos ―que una y otra amenizaron las fiestas patronales de mi niñez en alguna ocasión― y no me los perdía jamás. O con oír el griterío de los espectadores en el coso cuando algún astado se salía con la suya en legítima defensa. 

Finalizada la corrida con algún que otro sobresalto, protagonizado por los mozos metidos a toreros, se reanudaba el jolgorio callejero y con él el regreso de las autoridades al Consistorio. Desde aquí, la Corporación Municipal, La Banda de Música y la Reina de las fiestas con su Corte de Honor acudían a la Iglesia Parroquial de Santa María para, unidos al pueblo, entonar la tradicional Salve Popular y proceder a la Ofrenda de Flores a la Virgen. Terminado el acto, la banda se encaramaba en el templete elevado a los pies del Padre Flórez, ya sin riesgos de muerte por insolación, y comenzaban los bailes públicos. Mis amigos y yo permanecíamos al margen de estos galanteos entre los jóvenes de ambos sexos y sólo la alegría de la música nos mantenía próximos al evento. Cuando esta cesaba en los descansos, acudíamos a los tenderetes de chucherías y en ellos hacíamos nuestra mejor inversión de la que había sido generosa propina de fiestas. Bolas de anís, tofes, chupetes, chicles, chufas, cacahuetes, avellanas y cosas parecidas constituían nuestra principal demanda. Entre aquella tentadora amalgama para el derroche había también cigarrillos de anís de los que algún atrevido, olvidando el doloroso episodio con el tabaco del maestro, quiso probar de nuevo. Verle toser apostado en el callejón del «el Puntido» era una angustia. Aquellas semillas de anís eran, según parece, más infumables aún que los mal aventurados cigarros de «caldo» del hurto. Yo, con la lección bien aprendida, compraba regaliz de palo y en aquellos sabrosos troncos descargaba mis perecidas ansias por repetir la nefasta experiencia. 

Fuegos artificiales

Terminaba el baile y acudíamos a cenar en familia. Al amparo del exquisito menú preparado por mi madre surgía el relato de las incidencias taurinas en el coso y los comentarios nada ruborosos acerca de los bailoteos de mis hermanos en la plaza. A las once en punto de la noche se iniciaba la Gran Verbena y con ella la primera sesión de fuegos artificiales en torno al Padre Flórez quien, a pesar de la inmediatez de tanto barullo, jamás se inmutó ante aquella turbamulta de gentes, músicas y estruendos. 

Eran los fuegos un espectáculo muy esperado por la mayoría y a él acudíamos los más pequeños en compañía de nuestros padres. Con las campanadas de las once sonaba el disparo de los cohetes anunciadores y la gente se arremolinaba en los soportales o en las discretas proximidades del evento para disfrutarlo sin perder detalle. Cesaba la música y se encendía la primera fase. Porque había varias etapas coincidiendo con las numerosas pausas musicales de la banda. Eran como sucesivas entregas multicolores y ruidosas que, para los chicos, se extendían sin piedad hasta los primeros y forzosos cabeceos del sueño. Cuando terminaba la sesión, podía más la imagen del lecho que las ansias de fiesta y yo regresaba a casa con mis padres para dormir a pierna suelta y despertar con las dianas a San Roque. 

La gente joven, sin embargo, no pensaba en sueños beatíficos ni en despertares armoniosos sino todo lo contrario. Porque finalizados los bailes en la plaza comenzaban los «de Sociedad». Pomposo título para aquellas veladas a las que no se podía acudir si no se iba dignamente vestido. O sea, con traje y corbata. Esta última imprescindible según reclamaba la etiqueta obligatoria. 

Las uvas de San Roque y la carne de toro

El día de San Roque era muy semejante al anterior en eventos festivos aunque con ligeras variantes. En la procesión era este Santo, obviamente, quien visitaba las calles y, finalizada la celebración y regresadas las autoridades, a la entrada del Ayuntamiento para la recepción también había una curiosa costumbre. A la puerta del Consistorio se situaba el alguacil con una gran bandeja repleta de racimos de uvas ―cosa insólita para los chicos que ya habíamos peregrinado por los majuelos sin encontrar nada maduro que catar― y cada asistente al acto, se paraba frente a la bandeja, tomaba una uva y subía al Salón de Sesiones comiéndosela. Sin embargo, no todos los invitados procedían del mismo modo porque cuando llegaba el último, ―sin duda, situado ladinamente en el lugar― echaba mano de un racimo sin acosar y se lo zampaba íntegramente mientras subía las escaleras. A los chicos nos hacía mucha gracia la anécdota porque ya sabíamos quien era el protagonista habitual del lance ―cuestión de retentiva anual y manejo del cálculo de probabilidades―. Nunca diré quién por respeto a su memoria pero aún le tengo en la retina subiendo los peldaños con el racimo en ristre. 

A la hora de comer se producía otra singular novedad. Porque el día de San Roque, en mi casa y en otras muchas de la villa, en aquellos años cincuenta, se comía toro. Mi padre madrugaba más de lo habitual para acudir con toda urgencia a la Plaza Mayor y se iba a los tenderetes que los carniceros ponían bajo los soportales. Ignoro si la prisa tenía que ver con el precio razonable de aquella carne brava o con el grado de calidad nutritiva que la convertían en deleite apetecible. En cualquier caso, según parece, se cumplía el axioma de que quien llegaba tarde «ni oía misa ni comía toro». Llegado al lugar, compraba una exagerada ración de filetes taurinos para la familia ―al menos este era el juicio de mi madre a la vista del gran paquete de carne brava con que el hombre aparecía en casa― para que ella los convirtiera en la estrella del menú de San Roque. Lo cierto es que después de la sobremesa tampoco sobraba mucho, todo hay que decirlo, en descargo de mi padre y en honor de los tragaldabas que participábamos en el festín. Ignoro los trámites sanitarios que aquellas carnes con sabor a violencia pudieran superar y tampoco sé si el precio de la compra compensaba de algún modo el coste de otros menús menos bravos. Lo que sí recuerdo es que el consumo de aquellos hermosos filetes tenía algo de misterioso y ritual que los convertía a mis ojos en una especie de homenaje a la bravura. Supongo que los novillos hubieran preferido otro cumplido menos glotón pero hay que convenir que no estaba en mi mano ponerlos en un podio y colgarles una medalla olímpica.

«El pobre de mí…»

El final de las fiestas era, sin embargo, la puerta abierta de par en par para los chicos cuando el último cohete verbenero terminaba con los ajetreos de San Roque y los mayores iniciaban su resaca. Era el día diecisiete cuando los más jóvenes tocábamos la gloria. Cucañas, carreras pedestres y de bicicletas, carreras de sacos, «tirasoga» y un largo sinfín de juegos de entretenimiento infantil nos convertían en los protagonistas encandilados de la traca final.

Había opciones para todos los gustos y cada un participaba con entusiasmo en la mayoría. Aquel largo poste, untado de grasas escurridizas que lo convertían en una pista cilíndrica inabordable, tenía al final una bandera y con ella un generoso premio. Había que trepar hasta arriba y recoger el botín en la punta pero la cosa era más sencilla de pensar que de cumplir. Correr en bicicleta era una prueba victoriosa aunque uno llegara delante del «camión escoba», pero llegar el último subido a ella en la prueba de lentitud era cuestión de habilidad casi circense. Como tampoco era para torpes ensartar la argolla de aquellas cintas multicolores colgadas de una cuerda. En cuanto a la maroma cargada de pucheros, que habían de ser abatidos a garrotazos para obtener el premio, o el chasco de su interior ―dulces, monedas, agua, cenizas, aserrín…―, era una hazaña difícil y en ocasiones hasta peligrosa. No para quien esgrimía el garrote con los ojos vendados sino para quien permanecía absorto y sin precauciones en la peligrosa área del «garroteador» ―alguna cabeza descalabrada puede dar fe de este testimonio―. Correr algunos metros embutidos en un saco con olor a Nitrato de Chile también era una prueba que levantaba entusiasmos. Porque lo cierto es que la mayoría de los chicos embutidos en las arpilleras pasaba más tiempo rodando que caminando entre saltos. Y finalizados todos estos entretenimientos que llenaban la plaza de gritos y jolgorio, ahora sí, las fiestas se convertían en recuerdo.

Después de tanto acontecimiento jaranero, todo el mundo regresaba a sus tareas y nosotros a nuestros devaneos. Aún faltaba casi un mes para que se reanudaran las clases en la escuela y había muchas cosas por hacer. El río de nuevo temblaba ante nuestra presencia y los peces, animales de escasa memoria, volvían a picar decididos en aquellas mugrientas y retorcidas lombrices. Y de nuevo volvíamos a enristrar los mimbres de pequeños ciprínidos con los que regresábamos a casa entre victoriosos o decepcionados según la cosecha. Y ahora, además, la Naturaleza se incorporaba a la oferta lúdica con una alternativa más que seductora. Los frutales ―almendros, manzanos, perales, ciruelos, nísperos, majuelos...― se insinuaban tentadores por doquier y nos alentaban a merodear las lejanías; Espinillo, La Parda, Torcipera, El Cuadrón, La Chopera Oscura, Carretablada y otros muchos lugares semejantes, cuyos nombres evocan recuerdos de aventuras e indigestiones, llenaban nuestro tiempo de escolares en paro. 

Pero en el ámbito personal también había aconteceres que llenaban mi ocio junto a los míos y el siguiente episodio que protagonicé con ellos es una de esas anécdotas en que fui héroe y, paralelamente, bufón involuntario de mis hermanos..."